martes, 15 de junio de 2010

Público Cautivo

Pablo García Gámez es mi amigo, y se destaca por su bonhomía y su gran sentido del humor. Es un artista talentoso, integral y lúcido y en su obra se translucen todas estas virtudes y más, se dedica no sólo a la literatura sino al teatro . Vive en Nueva York, acaba de terminar  una maestría en literatura española en The City College of New York y su cuento "Público cautivo" obtuvo el Primer Lugar, categoría cuento, del Club de Español Spanías de The City College of New York, 2010.

Disfrútenlo

Público cautivo 

Para Francisco Mujica



El tren reduce la velocidad y para en la estación Lexington. Varios segundos, eternos, antes de que el vagón abra sus puertas. En la espera interior, hombres, mujeres, niños se atrincheran en las puertas esperando ser los primeros en pisar la plataforma y caminar a zancadas.

Los que esperan en el andén desesperan como los del vagón; tal vez más. Se abren las puertas. Algunos intentan entrar y tropiezan con los que quieren salir; no hay palabras, si acaso miradas. En la batalla ganan los que salen por su estrategia de salir en bloque y llevarse por delante a los que están obsesionados por ocupar un asiento lanzándolos a los lados de las puertas.

Los primeros en entrar ganan los pocos asientos disponibles. Un hombre de camisa con mangas remangadas y corbata increpa con la mirada a la mujer que tiene una bolsa en el asiento a su lado y que quita con disgusto. Otro hombre se sienta y del bolsillo de su chaqueta saca un libro, lo abre y fija la atención en él aislándose del gentío; el libro es de Dale Carnegie, es una guía para ganar amigos. Entre la multitud se distingue la madre con su cochecito en el que va el niño dormido. Una vez adentro, los pasajeros asaltantes sienten que el vagón no tiene aire.

Se escucha la voz mecánica anunciando que ésa es la última parada en Manhattan; la próxima estación es Ely Avenue-21st Street en Queens. Se escuchan dos timbres, señal de que las puertas están por cerrar, última oportunidad de los rezagados para empujar hacia el interior del vagón. Cerradas las puertas, arranca el tren. Un hombre con un saxo atado a una cuerda de sonrisa cálida y palabras cadenciosas hace un anuncio:-Buenas tardes, damas y caballeros. Mi nombre es Clerman. Soy músico aficionado. Les voy a pedir que colaboren con lo que puedan y así no toco. Gracias.

Algunos pasajeros piensan que es una broma del músico; otros ni le prestan atención. La mujer de la bolsa y el hombre del libro se hacen los distraídos. Incluso hay pasajeros que desean que toque, al fin y al cabo, Clerman tiene el porte de un músico de orquesta.

Pasados varios segundos, Clerman se lleva la boquilla del saxo a la boca. Toma aire y comienza a soplar. El impacto es inmediato. El ruido llega a todos los oídos. Estridencias, aullidos, gritos, chillidos, quejas salen del instrumento que deja de ser musical para ser de tortura. Clerman es el demonio dueño del infierno acústico. El tiempo se detiene en cada graznido. El público, cautivo, aguanta la primera embestida con dignidad. Clerman deja de crear los monstruosos ruidos, aparta la boquilla y con una sonrisa anuncia:
-Ya que les gusta, interpretaré otra pieza compuesta por mí. Y a propósito, el tren va a demorar en llegar a la próxima estación porque están haciendo reparaciones en la vía. Tendrán la oportunidad de apreciar mi música.

No bien acabado Clerman, la voz metálica anuncia por los altoparlantes que el tren va a demorar: hay obreros en la vía. Palidez e incredulidad. Unos miran al techo como pidiendo misericordia. La señora de la bolsa se finge dormida. Una de las ancianas que va de pie saca de su bolso la revista de farándula y rasga pedacitos en el intento de hacer tapones para los oídos. El hombre del libro tiene la vista fija en las páginas: las palabras se amotinan y en el desorden no saben qué decir. El músico inicia la segunda tanda. El bebé del cochecito se despierta y empieza a berrear; sigue el desconcertante concierto. Llega la segunda pausa y extiende el sombrero. La primera que lanza unas monedas es la madre de la criatura. La mujer de la bolsa le tiende unas monedas con rabia. La mayoría de los pasajeros extiende el brazo hacia el sombrero.

El músico se detiene frente al lector, es el único que no ha colaborado. El hombre está frente al libro, el dolor no existe: lo leyó en un libro de visualización creativa. Clerman se para frente a él y toca. El rojo de la cara del lector atraviesa las páginas del libro; el hombre es inmutable al castigo. Los pasajeros, sobre todo la mujer del niño miran al lector que se hace el desentendido. La anciana de pie es categórica:

-Dale lo que sea o te reviento el bolso en la cara.

El hombre mete la mano en el bolsillo, saca un billete y se lo da al músico. El billete cae dentro del sombrero en el momento en que cae una lágrima del lector.

-Gracias por su colaborar con un pobre músico.

Una vez que el tren se detiene. En la espera, hombres, mujeres, niños se atrincheran en las puertas esperando ser los primeros en salir del vagón.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Gatopardo

Amor mío:

Paladeando aún el sabor de tu piel, te escribo.

Estás acostado boca abajo, con la espalda descubierta y tal vez soñando mientras yo escribo esta carta. Es cierto lo que supones, sin embargo hay un matiz que desconoces. Hoy, al despertar y leer estas letras, te sorprenderás de lo inocente que has sido.

Desde que comenzamos a compartirnos, mi feminidad se ha revelado como una orquídea perfumada y silvestre que florece con descaro. Desde la primera vez supe que estaba hecha para retozar bajo las sábanas contigo y nuestros amigos, que había pasado la vida anhelando algo desconocido que finalmente hallé entre los pliegues de las pieles sudorosas y encendidas de quienes han participado de nuestras lujuriosas celebraciones.

Acaba de irse Joaquina, extenuada y feliz, me ha dicho que regresará en la mañana para conversar contigo. Yo supe, al instante, que Joaquina era maravillosa, tanto, que tuve mis dudas con respecto a meterla en nuestra cama, pues, sabía que sus ojos rasgados, su inteligencia cáustica y su metro sesenta y cinco iban a causar en ti el efecto de un sismo. No sentí lo mismo con Malú, la primera que entró en nuestro dormitorio, en donde ambos temblábamos de miedo mientras ella, experimentada y amable, nos decía que no había razón para temer, que era de lo más natural, que ella haría todo y que nosotros nos dejáramos llevar. Tampoco lo sentí con Alfredo, el primer hombre a quien invitamos para que fuera nuestro compañero de juegos, a quien siempre vi como un amigo de esos que conoces desde siempre, inofensivo y grácil, quien nos abrió las puertas de su sexualidad radiante y nos hizo reír con sus ocurrencias.

Tú, entre todos, siempre resaltaste, mi adorado, como quien más seguro estaba, como quien más se divertía. Tu cuerpo se adaptó de inmediato a recibir cariño de dos bocas, a festejar ruidosamente el placer que te prodigábamos, a celebrar el hecho de que tú y tu esposa pudieran ser felices dándose el uno al otro el sofisticado placer de otros cuerpos. Cada vez que probé tu sexo meloso aderezado con el sabor de alguna de nuestras amigas, pensé en la fortuna de tenerte, de que yo, y no otra, fuera el amor de tu vida.

Joaquina es diferente. Jamás la vi como una amiga, sino como a alguien que se me había extraviado y al fin encontré. Sé que tú experimentaste lo mismo, y el mutismo sobre este asunto es revelador. Jamás hablamos de lo magnífica que era, nunca elogiamos sus caderas grandiosas, su boca jugosa, su post grado en gerencia ni su gusto por el chardonnay. Jamás dijimos palabra alguna luego de que, los tres al unísono, nos extraviáramos en el éxtasis, convertidos en un sándwich almibarado… Y ahora, es tarde.

Joaquina, en la mitad de un beso me confesó que nos amaba, y yo sé que tú siempre lo has sabido. Justo cuando ambas nos deleitábamos con tus caricias, me susurró que estaba enamorada de “nosotros”. Sé que ese “nosotros” es un eufemismo para hablar de ti, sé que tu mirada la paraliza, que a pesar de que yo la haga vibrar con mis manos y que le encante mi risotto a la milanesa, eres tú, mi amado, quien motiva sus visitas y sus suspiros, sé que es por ti que usa esas encantadoras y demodé medias caladas que la hacen parecer una Betty Boop postmoderna, sé además, que me quiere mucho y que no siente celos de mí, justamente porque sabe que me doy cuenta del candor de sus sentimientos.

Te dejo, cariño, porque puedo compartir tu cuerpo, pero no tu amor. Te dejo porque sabes que te amo y que entiendes que no puedo sino maravillarme porque alguien también te ame. Te dejo porque tú me enseñaste a ser feliz hasta en las turbulencias más desesperanzadoras.

Me voy con Joaquina, me voy a acurrucar en su cama, a sumergirme en su bosque marino para escapar del hecho de que sé que la amas. Así que, si me dejas por ella, allá estaré yo, con ella, esperándote.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Sístole

Cuando mi mamá me fue a parir, a su lado estaba un señor muriendo de un infarto. En el ambulatorio rural donde vi la luz, todos tenían el mismo derecho a nacer o entregar el alma bajo el techo de zinc, atendidos por el médico, sudoroso y perfumado, que cuidaba a los enfermos con una sonrisa muy próxima a la piedad. Mientras yo nacía, el hombre moría, y eso significó que yo nunca le tuviera miedo a la muerte. Mi madre, una santa, quien creía que yo iba a ser una niña, me iba a llamar Kalónice, pero al verme, y al haber escuchado todo el esfuerzo del doctor al tratar de salvarle la vida a aquel hombre, sólo se le quedó grabada una palabra: Sístole. Así me llamó... Creo que le gustaban las esdrújulas.

De niño, mi mamá me alertaba sobre la peligrosidad de la parchita: no sólo era venenosa, sino que antes de matar, enloquecía. Yo me perdía por el monte e iba rumbo a donde se encontraba una mata de esa fruta estupenda, la acidez hecha perfume, y abría los frutos, amarillos y carnosos, para beberme su néctar y retar a la suerte. Al regresar, mi mamá me reprendía -¡Sístole! ¿Dónde estabas? ¡Seguro que te fuiste a comer parchitas!-. Nunca he podido descubrir por qué los maracuchos le tienen tanto miedo a una fruta siendo capaces de comer tumbarranchos.

De adulto fui trapecista, y aunque el vértigo me taladraba el estómago, me sentía bien haciendo algo que a todos aterrorizaba y que para mí era un juego. Luego fui salvavidas, camionero, soldador y furrero. Nunca me sentí en peligro, hasta que la conocí.
La morena de oro de la gaita, la voz ronquita de los Puertos de Altagracia, las curvas más peligrosas de la costa oriental del lago; así era ella, un huracán, un terremoto, un eclipse de luna, y me miraba a mí. -Sistolito, vení- me decía –Decime si estoy afinada- y empezaba a cantar frente a mí como si tuviera permiso de desbaratarme la existencia.

Cuando me di cuenta, la tenía en mi cama, culebreándome el cuello, envenenándome los pensamientos con sus gaitas al oído, y contándome como ella y su familia se mantuvieron con la fábrica de huevos chimbos que dirigió su abuela con mano de hierro hasta minutos antes de irse a la tumba.

Su aroma era cerril, sus orgasmos rebeldes, su alma irascible y tenía los ojos profundos y clarividentes de las mujeres malvadas. Me hizo inmensamente feliz y me destrozó el corazón cuando me dijo –Sistolito, ve, yo soy un espíritu libre y vos sois muy serio, no podemos seguir juntos. Vos agarráis tu camino y yo el mío, así los dos vamos a ser felices- mientras pestañeaba y se pintaba la boca donde me perdí para siempre y me convertí en el estrangulador de mujeres que usted, señor cura, tiene hoy frente a usted. 

domingo, 25 de abril de 2010

La hoja dentro de su cuerpo


Siento el rasgado de la filipina al contacto con mi recién afilado cuchillo. Luego, el crujir de la piel de la espalda. Tiemblo al constatar que mis fantasías finalmente se concretan. El rojo comienza a teñir escandalosamente la tela blanca. No grita, apenas lanza un suspiro de incredulidad. No quiero ver su cara, sólo quiero trinchar su carne viva, oxigenada, en movimiento. 


Una ola de euforia me estremece, quiero cantar mientras siento como su vida se escapa
por la herida. Soy una vengadora de mujeres engañadas, de cocineros ilusos que pusieron sus esperanzas en él, de clientes estafados y yo, su empleada favorita, a quien utilizó, la que sabía más que él, le está dando su merecido. El instante en el cual toda la hoja del cuchillo habita dentro del su cuerpo, es para mí como un paroxismo orgásmico. 


No lucha, no se queja, sabe que soy yo quien le arrebata la vida, y sabe que es justo que lo haga. Asume su destino de asesinado con más decoro y silencio que sus desórdenes amorosos o sus desfalcos millonarios. 


Yo, mientras yace en el suelo de la cocina, me pregunto si durante el servicio abrirán la cava grande en la cual pretendo, desmembrado, congelar su cuerpo enorme hasta que decida en qué estofado y con cuales hierbas, cocinarlo para el almuerzo.

miércoles, 7 de abril de 2010

La Estación del Metro

Ejercicio narrativo in situ en el Taller de Narrativa Imago Mundi de Mharía Vázquez Benarroch que consistió en la elaboración de un relato en quince minutos con pautas designadas.



Usar el metro es una tragedia. Los torniquetes me llegan a la frente, cuando compro los tickets debo saltar para que el vendedor me vea, la gente me pisa en los vagones. Mientras las narices de la mayoría perciben perfumes o en el peor de los casos, alientos, yo debo lidiar con los pestilentes humores humanos que me recuerdan mi destino de célibe, de amorfo, de excepción de la regla.

Tomo el metro todos los días y a pesar de que conozca su dinámica bipolar, siempre espero que ocurra algo, algo que me conmueva: una mujer que me mire con dulzura y me invite a la fiesta de su cuerpo, un niño que me vea a los ojos y me sonría, una moneda en el suelo que me haga pensar en mi buena suerte; pero nada, no pasa nada.

Por eso he decidido tomar mi destino en mis manos, liberarme, hacer de mí un protagonista, un héroe, un caballero andante, gallardo y noble que mata dragones y monstruos, un superhombre que destruye todo lo malo del mundo y lo purifica. Por eso, justo cuando las luces del metro iluminan el túnel oscuro y anuncian su paso por el andén, justo en ese momento, me engrandezco en el gesto magnánimo de traspasar la raya amarilla y acabo, de una vez por todas, con la tragedia de ser un paladín encerrado en ciento diez centímetros de humanidad. 

martes, 30 de marzo de 2010

La Perla


Respiraba con dificultad el aire salado que venía del sur. Livia Drusilla caminaba pesadamente mientras negaba con la cabeza. Apretaba en su mano derecha la perla. Sin llorar, pero con un mar picado en su garganta, arrastraba los pies para llegar al puerto de Barcino donde podría desahogarse a sus anchas.

El nácar entretejido en su laborioso peinado, su pulsera de oro, su saya de lino blanco, el viñedo otorgado por Roma a su esposo por años de fiel servicio al frente de tropas en la Galia, no la salvó de la desgracia. El cúmulo de lágrimas se le arremolinaba en la garganta pero no había llegado al puerto.

Pensaba en Lucina, diosa de los partos, mientras sentía su vientre abultado más pesado que nunca. Las mujeres que regresaban del puerto con las cestas llenas de pescados, pulpos y sepias, sabían lo que Livia Drusilla estaba sintiendo. La noticia llegó como un vendaval: su esposo, un rico comerciante de vinos tintos, había sucumbido ante la furia de Neptuno; cayó de una embarcación frente al mar de las Decápolis y desapareció. Fueron vanos los intentos de recuperar al menos su cadáver; el mar lo devoró.

El mediterráneo apenas canturreaba en un murmullo; su color azul plomo brillaba a la hora prima. Al verlo, Livia Drusilla no lloró como había imaginado, suspiró y se detuvo a contemplar la belleza de la escarcha marina. Dio varios pasos que la acercaron al muelle donde flotaban embarcaciones repletas de cántaros de arcilla rebosantes de aceite de oliva, tigres enjaulados, géneros de Oriente, pájaros de colores y marineros pestilentes y agotados.

No quiso entrar al barco, se encontró con el capitán del navío quien le manifestó su pésame escuetamente y le dijo algo sobre la honorabilidad de su marido. Livia Drusilla escuchaba las palabras como si vinieran de debajo de la tierra, oía el murmullo marino como una llamada. Con lentitud se alejó del lugar y caminó sin rumbo a través del puerto perdiéndose entre las cestas de mejillones y los gritos de los vendedores de morenas y langostas.

Nunca pensó que no tendría que explicar nada, ocho meses de angustia habían desembocado en esta solución que los dioses le habían destinado. Estaba completamente sola y no le debía nada a nadie.

El niño en su vientre se movía mientras ella elevaba mentalmente plegarias de agradecimiento al colérico dios Neptuno que la había salvado de la golpiza definitiva, la que hubiera podido significar el aborto de su hijo y para la cual se había preparado para defenderse como una fiera.

Al fin lloró, de tristeza, de alegría, de alivio, de culpa, mirando el agua azul que se había tragado al hombre feroz y maligno que la llenaba de oro y de moretones, y que se fue pensando que el primogénito que había dejado sembrado en el vientre de Livia Drusilla le pertenecía, cuando en realidad el amor de un hombre, que navegaba en el mismo barco y que le había regalado una perla prometiéndole liberarla a cualquier costo y para siempre, era el origen y fin de su maternidad que estallaba justo en ese momento, al dar a luz a su hijo frente al mar, a la hora sexta. Era una niña, y por amor a la diosa Hécate y a Venus, la llamó Perla.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Hoy

Hoy comencé una aventura, un ejercicio que anhelaba mi alma, un camino sin retorno. Hoy comencé a participar en el taller de narrativa Imago Mundi, de la mano segura y generosa de una gourmet de las palabras: Mharía Vázquez Benarroch. Aquí, en este nuevo hogar virtual, registraré los recovecos que formen las palabras que me habitan y que, en la alquimia del rincón de El Hatillo, consigan salida.